domingo, 8 de septiembre de 2019

Humanizando la vida hospitalaria




Desde que trabajo en un hospital he sentido la necesidad de escribir sobre mis andanzas como celadora. Vivir la sanidad pública desde el ámbito laboral nada tiene que ver con hacerlo como paciente o familiar. Si algo voy sacando en claro es que todos tienen su parte de razón cuando proponen, defienden, justifican, exigen, critican y denuncian. Abordar un tema, cualquier cuestión desde distintos ángulos y perspectivas, con distintos ojos, siempre suma, aporta y enriquece. Ayuda a matizar y equilibrar posturas y juicios.
Evidentemente cada uno cuenta la película según le va, pero creo que en general podemos sentirnos bastante afortunados por la atención sanitaria que tenemos. Estamos en buenas manos, aunque se podrían y deberían mejorar ciertas cosas.

Durante el mes de agosto he vivido una intensa experiencia trabajando en el servicio de urgencias y en plantas. Nada que ver con el trabajo que vuelvo a realizar en el departamento de archivo. Un trabajo de equipo, con una fuerte carga física y de memoria numérica, donde afortunadamente existe muy buena relación entre compañeros. En mi primer paso por un hospital he tenido mucha suerte de dar con ellos.

Lo primero que sentí al moverme por los pasillos donde se concentran urgencias, paritorio, radiología, quirófano y laboratorio fue mucha curiosidad. Me daban ganas de ir tomando fotos, vídeos, y entrevistar a unos y otros. Tener la oportunidad de observar, escuchar y ver cómo funciona por dentro el servicio de urgencias me hizo sentir una privilegiada.

Pero empezar a convivir con los percances, lesiones, malestares, dolores, deterioros físicos y cognitivos, estados de ánimo y enfermedades de los demás  resulta una experiencia intensa, genera una fuerte presión y desgaste emocional. Porque ver sufrir a las personas nunca resulta agradable. Sentir además que quizás podrías no estar a la altura de la situación, ya que de la teoría a la práctica siempre hay un gran trecho, provoca  dudas y angustia.

Una de las funciones de los celadores es subir a planta para ayudar a las auxiliares de enfermería en las movilizaciones, aseo y cambios de pañal de los pacientes que lo requieren. Ver a una persona en una situación tan íntima, sentirla tan vulnerable, te remueve por dentro. Impacta y conmueve. Sientes como si delante tuvieras un espejo, ves reflejada la situación a la que probablemente llegaremos muchos de nosotros. Al salir de mi primer turno de doce horas me sentí desbordada emocionalmente y lloré. Y pensé que igual no iba a servir para esto.

Es duro enfrentarse a la realidad de lo que acontece en un hospital. Aprender a crear una coraza, pero sin dejar de ser humano, para que las situaciones difíciles te afecten en su justa medida y no te persigan a todas horas, porque de otra forma no serías realmente efectivo. Imagino que será cuestión de tiempo y de experiencia.


Si por el camino coincides con compañeros, de todas las disciplinas, humildes, cercanos, dispuestos a explicarte bien las cosas, comprendiendo tus dudas e inseguridades todo resulta mucho más llevadero. De otra forma te preguntas qué necesidad tienes tú de aguantar esto. Te dan ganas de arrojar la toalla y dedicarte a otra cosa que no suponga un desgaste emocional y físico tan elevado.

Cuando nos ha tocado a nosotros o a un familiar pasar por ‘chapa y pintura’ valoramos mucho el saber y la atención de médicos y enfermeras. Pero quizás no tanto el trabajo de otros eslabones de la cadena sanitaria. No es mi caso, porque cuando he tenido familiares hospitalizados siempre he admirado y agradecido muchísimo las funciones que realizan las auxiliares de enfermería. Creo que a veces no está realmente pagado. Estos profesionales, la mayoría mujeres, son de una pasta especial. Por supuesto que hay de todo, pero las que yo he conocido hasta ahora son bastante cercanas y agradables con los pacientes.

Ahora también valoro más a los celadores. Porque estos hombres y mujeres suelen ser los primeros en recibir al paciente y familiares cuando llegan al hospital. Ellos les acompañan a realizarse ciertas pruebas, a entrar y salir  de quirófano o de paritorio, o a ingresar en planta. Me parece que en estas situaciones, cuando el miedo a lo desconocido, a lo que pueda acontecer nos domina y paraliza, todos queremos tener a nuestro lado a grandes profesionales pero sobre todo a grandes personas. Porque una mirada, una sonrisa, una palabra, un poco de sensibilidad y empatía, un acercamiento humano discreto y respetuoso, ayuda muchísimo.

Aunque llevo muy poco tiempo en un hospital, ya he percibido que algunos eslabones de la cadena sanitaria tratan a veces a los celadores con cierto desdén y menosprecio, les ven como los últimos. Quien lo hace se equivoca porque la labor humana que realiza este colectivo, al igual que el de las auxiliares de enfermería, a mi parecer resulta bastante importante para hacer mucho más llevadera y soportable la estancia en un hospital.

Por muchos estudios académicos, formación, nivel cultural, experiencia profesional, posicionamiento social, dinero, y otros aspectos, ‘nadie es más que nadie, ni menos que nadie’. Nunca he soportado, y evito en lo posible, a las personas que tienen el ego por las nubes. Que desprecian o infravaloran a los que ellos presuponen por debajo de su nivel. Podrían llevarse una gran sorpresa, porque igual el inferior a sus ojos resulta que también ha pasado por la universidad, o tiene otros talentos y cualidades que él o ella no poseen. Cuando lleguen a mayores puede que necesiten a alguien para cubrir sus necesidades más íntimas.

Lo más bonito de un hospital, si todo ha ido bien, es sin duda compartir la llegada de una nueva personita. Ver al bebé sobre el pecho de su madre, que desborda cansancio y amor por los cuatro costados. Y la cara y atenciones que dispensa el padre de la criatura, emociona. 
 
También reconforta observar como algunas personas se sienten más tranquilas, agradecidas, por las palabras o gestos que les has dedicado.
Para este trabajo y para muchos otros estaría bien ponerse siempre en el lugar del otro. Actuar como nos gustaría que lo hicieran con nosotros o con nuestros seres queridos.