miércoles, 10 de diciembre de 2008

Transgénicos


Publicado en “Siete Días Yecla”


“Transgénicos”

Hace días leí en la prensa que a diferencia de España, diez países de la Unión Europea, ya han regulado las medidas de coexistencia, que establecen las distancias mínimas de aislamiento que tienen que separar a un cultivo transgénico de otro convencional para reducir las posibilidades de contaminación genética. Enseguida me vino a la cabeza  la conocida frase de Hipócrates “somos lo que comemos”. Pero ¿qué comemos? me pregunté. Pocas veces me he planteado, no se ustedes, si disponemos de suficiente información sobre como manipulan y transforman los alimentos que ingerimos cada día. Si realmente está garantizado nuestro derecho de libre elección como consumidores. Mucho me temo, por ejemplo, que el etiquetado de los productos que usamos sea tan específico y fiable como debiera.
Con la salud, señores, no se juega. Además de seguir la dieta mediterránea vamos a tener que analizar mucho más lo que consumimos. Ya estamos pagando por los errores y atropellos cometidos contra la naturaleza. Pero esto no es nada para lo que se nos avecina.
No hace demasiado tiempo he sabido que los transgénicos son organismos vivos creados artificialmente  a los que se introducen genes de otro ser vivo. La industria de la biotecnología asegura, que estas nuevas semillas mejoradas pueden resistir la acción de las plagas e inclemencias del clima, se desarrollan en condiciones extremas, y según algunos hasta podrían ser la solución para terminar con el hambre en el mundo. Pero cuidado, no es oro todo lo que reluce. La comunidad científica y las organizaciones ecologistas afirman que los transgénicos pueden generar alergias y resistencia a los antibióticos. Y provocar la contaminación de plantas silvestres con pólenes de organismos modificados lo que supondría la desaparición de multitud de especies. La industria de la biotecnología sostiene que no hay evidencia de daño pero resulta que no existen estudios toxicológicos fiables. Los posibles riesgos para la salud, a medio o largo plazo, por ingerir transgénicos, bien directamente o a través de los animales de los que nos alimentamos, no están siendo evaluados y su alcance sigue siendo desconocido. Tampoco se ha resuelto el problema de la coexistencia entre los cultivos modificados genéticamente, los convencionales y los ecológicos.
El tema es como para preocuparse. Y empezar a pedir explicaciones con urgencia. Porque digo yo, lo primero que habría que debatir es la seguridad alimentaría y la garantía de biodiversidad y en último lugar, hablar de beneficios económicos. Que sinistro, imprudente y denunciable me parece este modo de actuar. Nos tienen mal informados y engañados.
Llevamos años perjudicando al medio ambiente, intoxicando la tierra con pesticidas, plaguicidas y fertilizantes, entre otros. Ahora además tendremos que hacer frente al cultivo de especies a las que se ha alterado su código genético.
La biotecnología se ha convertido en un multimillonario negocio de unas cuantas sociedades anónimas estadounidenses, que a través de la venta, fusión o absorción, pueden aparecer o desaparecer convertidas en otras, eludiendo así posibles responsabilidades de daños a medio o largo plazo. EEUU  ha apostado abiertamente por el uso generalizado de transgénicos y está presionando a Europa para que incremente la superficie cultivada.  En la UE se comercializan en torno a una veintena de especies modificadas pero podrían incrementarse al doble en menos tiempo de lo que imaginamos. Otra cosa a valorar es que los cultivos transgénicos son plantas patentadas con derecho de propiedad intelectual. Por tanto se prohíbe a los agricultores reproducir, intercambiar o almacenar semillas de su propia cosecha. Lo de erradicar el hambre en el mundo, mucho me temo que no va a poder ser. Más bien todo lo contrario.
Ahora que tanto se habla de desarrollo sostenible y educación ambiental vamos  a tener que espabilarnos y exigir a las autoridades competentes que empiecen a contarnos la verdad.


 ~ Delfina Marco ~

jueves, 20 de noviembre de 2008

Información o espectáculo


Publicado en “Siete Días Yecla”



“Información o espectáculo”

    Probablemente la gran mayoría de nosotros todavía no hemos olvidado lo que sucedió el 20 de agosto en el aeropuerto de Barajas (Madrid). Tampoco los hechos tan dramáticos que acontecieron en nuestra ciudad en los meses más calurosos del año.
Tras el accidente de Barajas, durante semanas, los medios de comunicación de nuestro país utilizaron el dolor  como un espectáculo. Opino que, en general, como en otras ocasiones, los medios no estuvieron a la altura. Lamentablemente ofrecieron más morbo que información. Me parece que no exagero si describo de escandaloso, vergonzoso e indignante el manejo del morbo que se utilizó aquellos días y se usa continuamente en  televisión. Pero antes de continuar hay que ser justos. Y agradecer a los medios locales su tacto y sensatez cuando nos informaron de aquellos sucesos tan impactantes. Se limitaron a informar no a vender espectáculo.
    Imágenes que hasta hace poco no se emitían porque podían  herir sensibilidades, ahora dominan la pantalla sin previo aviso. Ya no basta con anunciar en los informativos una desgracia, ahora se elaboran programas enteros con una tragedia. Sin rigor, sin respeto, regodeándose siempre en los detalles más escabrosos y siniestros.
¿Qué buscan los medios de comunicación actuando así? Inmunizarnos ante el dolor ajeno. Deshumanizarnos un poco más.
Me gustaría saber, hasta cuando piensan seguir emitiendo en televisión, imágenes de lo que ocurrió en aquella pista del aeropuerto de Barajas. El último día que las vi yo, en un informativo, en hora punta, fue a mediados de octubre (casi dos meses después del suceso) Supongo que lo mismo debió sucederle a algún que otro familiar de las víctimas. Tan complicado resulta, hoy en día, ponerse en la piel del otro. Díganme a quién de nosotros le gustaría enfrentarse una y otra vez al hecho más traumático de su vida. A algo que jamás podrán olvidar.
Dicen y lo apoyo totalmente que el morbo genera incultura. A más incultura, más morbo. Es un círculo vicioso. Siempre he creído que la principal función de los medios de comunicación es informar, denunciar, debatir, enseñar y entretener. Que decepcionante resulta observar como algunos de ellos se están convirtiendo simplemente en empresas con el beneficio económico como único fin, al coste que sea.
    Parece que solo nos afecta, nos duele, un golpe a los nuestros. Tan acostumbrados estamos a ver violencia y calamidades en la pantalla que vamos a terminar, como les sucede a los niños, confundiendo ficción con realidad. Pues no, no deberíamos acostumbrarnos porque detrás de  cada hecho dramático hay un ser humano.
    Puede que a una buena parte de los españoles les guste ver imágenes truculentas, gente humillada, desgracias varias, morbo al fin y al cabo. Pero, por favor, que no nos metan a todos en el mismo saco. A mí, como a otros muchos, la banalización de la violencia a la que asistimos hoy en día nos parece bastante preocupante.
Al cuarto poder, a los medios de comunicación, se les está olvidando lo que es la ética, se han endiosado. Si en vez de aumentar bajara la audiencia cada vez que se diera prioridad al morbo ¿qué sucedería?
Yo lo tengo muy claro. Mientras la televisión siga dándole juego a las imágenes más morbosas procuraré evitar todo contacto cuando acontezca una gran tragedia o desgracia. Por aquello de herir sensibilidades.


~ Delfina Marco ~

jueves, 23 de octubre de 2008

No bajen la guardia


Publicado en “Siete Días Yecla”


“No bajen la guardia”

Durante la última semana de septiembre la Brigada de Investigación Tecnológica de la Policía Nacional (BIT) detuvo a 121 personas por tenencia y distribución de material pedófilo en Internet. De los 121 detenidos, de diversas escalas sociales con distintos niveles de estudios y edades dispares, solo dos han ingresado en prisión. Ante noticias así yo siempre pienso lo mismo. En el fondo creo que somos demasiado confiados. Pensamos que todo lo tenemos controlado y no es así.
Hablar de este tema nunca resulta cómodo ni sencillo pero hay que hacerlo.
Jamás desde el morbo sí desde la prevención, formación y educación.
Se han preguntado ustedes alguna vez ¿cómo son los pederastas y los pedófilos? ¿Cómo y donde actúan? Antes de continuar creo que conviene aclarar estos dos términos que a menudo se mezclan y confunden. El individuo que siente atracción sexual por un niño es un pedófilo. El que abusa sexualmente de un menor es un pederasta. La pedofília está considerada por la psiquiatría una enfermedad mental, un trastorno sexual.
Al parecer una cosa es sentir atracción erótica por los niños y otra, abusar sexualmente de ellos. Pero para mí esto no es excusa para dejar campar a sus anchas a los pedófilos.
No es que me repugne y exalte que un hombre sea capaz de abusar de un menor, es que tampoco puedo soportar la idea de que un hombre pueda disfrutar con fotos y videos.
No existe un perfil exacto del pederasta o del pedófilo. Desgraciadamente no se les distingue a simple vista, pero sí reproducen algunas características que resultan significativas y que todos deberíamos conocer para mejorar la seguridad de nuestros menores. Conviene saber, por ejemplo, que lo primero que hacen estos sujetos es intentar ganarse la confianza del niño, su complicidad. Les invitan, les colman de atenciones y regalos. A los más mayores, a los adolescentes, en ocasiones les ofrecen algún trabajo o les aseguran dinero fácil. Con frecuencia buscan trabajos y actividades que les permitan estar cerca de los niños y hacen lo posible por estar solos con los menores. Utilizan la amenaza más sutil y cruel, hacer creer al niño o al adolescente que él también es culpable y que nadie le va a creer si el asunto se sabe. 
Con estos comentarios no pretendo inculcar miedo o psicosis, sólo ponerles en guardia e informarles de que existe un plan de prevención de acuerdo a cada edad. Un plan en el que se aconsejan cosas como: enseñar a los niños, desde muy pequeños, la diferencia entre un cariño bueno y un cariño malo, a cuidar de las zonas privadas del cuerpo y a no aceptar regalos ni secretos de adultos sin informar a los padres. También se recomienda no forzar a los niños a que saluden, abracen y besen a todo el mundo, como signo de buena educación. Y a hablar, en casa, de sexo con los hijos.
Todos deberíamos tener muy presente, que como sucede en los cuentos  infantiles, el lobo (pedófilo o pederasta) siempre se esconde bajo la piel del cordero. También que los abusos a menores, en un porcentaje elevadísimo siempre se cometen en el entorno más cercano a la víctima. Familiares, parientes, amigos y conocidos. Ante la menor sospecha no acepten nunca excusas el tipo: solo han sido caricias casuales hechas “sin malicia” o “es que la niña va provocando y uno no es de piedra”.
Aprovecho está oportunidad para felicitar públicamente a la Brigada de Investigación Tecnológica de la Policía Nacional (BIT) que ha recibido el premio “Los Niños Primero” entregado por UNICEF en reconocimiento a su defensa de la protección al menor en la investigación de los delitos de pornografía en Internet. Este es uno de los premios más prestigiosos que UNICEF otorga anualmente a las personas e instituciones que contribuyen a la defensa de los derechos de la infancia.
La pedofília y la pederastia siempre han existido. Cierto es que son una minoría. Pero una minoría, en muchos casos, con elevada formación académica, muchos medios y mucho poder. Pediría a las instituciones sanitarias que no victimicen al pedófilo o pederasta argumentando que son sujetos con una gran dificultad para relacionarse sexualmente con adultos, con falta de control sobre sus impulsos, con baja autoestima o inmadurez emocional. Gente que ha sufrido traumas infantiles o abusos en su infancia. Los que verdaderamente sufren son las víctimas, los niños. Los menores que al haber sido introducidos en actividades impropias de su edad, cargarán con serias secuelas y alteraciones en el desarrollo normal y saludable de su sexualidad y personalidad. También exijo a las instituciones judiciales o a quienes corresponda,  el aumento de las penas y condenas, la anulación de los permisos, mayor investigación, control y persecución contra estos sujetos. Y por supuesto muchos más medios técnicos y humanos para la BIT.
Con los medios de los que hoy disponemos no tendría que haber ido  en descenso la pedofília y la pederastia en vez de en aumento. ¿Qué nos está pasando?


~ Delfina Marco ~

jueves, 7 de febrero de 2008

Aprendamos a educar a la generación del mañana


Publicado en “Siete Días Yecla”


“Aprendamos a educar a la generación del mañana”

Invitado por las Asociaciones de Padres y Madres de los Institutos de Enseñanza Secundaria J.L.Castillo Puche y J.M Ruiz Azorin, recientemente, contamos en nuestra ciudad con la presencia de Emilio Calatayud Pérez, juez titular del juzgado de menores número uno de Granada. Un magistrado conocido por sus sentencias educativas y ejemplares. A los que no pudieron asistir a esta conferencia, como por ejemplo fue mi caso, les invito y animo a que hagan todo lo posible por verla, porque no tiene desperdicio. La calificaría de extraordinaria. Puesto que la charla fue grabada por Teleyecla, existe un material gráfico, no hay posible excusa o disculpa.
No es mi intención hacerles un resumen de lo que dijo Calatayud Pérez ni colocarlo en un altar. Pero sí les puedo decir, con toda sinceridad, que a mí sus palabras me hicieron reflexionar sobre lo que, a estas alturas, no abría que dudar ni discutir: “los primeros responsables, los titulares, de la educación de nuestros hijos somos nosotros, los padres”. Me parece que mientras no tengamos muy claro y asumido esto vamos por mal camino. Y nosotros, los padres, nos estamos equivocando. Está más que demostrado, pese a quien le pese. No estamos educando bien a nuestros retoños y mientras sigamos culpando, a unos y otros, pretendiendo que sean los demás los que asuman nuestra responsabilidad y deber como padres, estamos desperdiciando un tiempo y energía preciosos.
En mi opinión Emilio Calatayud fue muy duro, muy claro, muy sincero. Entre alguna que otra broma para relajar al personal, fue a por todas. No pretendía asustarnos ni desmotivarnos sino al contrario, abrirnos bien los ojos sobre lo fácil que resulta convertir a un niño en un auténtico salvaje. Sus palabras, las situaciones tan duras que describió, a las que el se enfrenta cada día, deberían de servirnos para reflexionar y replantearnos muchas cosas. Y tomar medidas ya. No esperar a que lleguen los problemas. No bajar nunca la guardia aunque de momento parezca irnos bien con nuestros hijos.

Una de las frases que llamo mi atención fue su invitación de ponernos, no en el papel de padre de la víctima, sino en el del padre del menor que comete el delito. El padre del hijo que ha maltratado, violado o asesinado. Pensemos un poco en esto. ¿Que estamos fomentando y transmitiendo en casa, con cada uno de nuestros gestos, comentarios, juicios y acciones?

Toda la razón del mundo le doy a este magistrado cuando dijo que “educar, educamos todos”. Por tanto la educación, es decir, las facultades intelectuales y morales que transmitimos a los menores, generación tras generación, creo yo que habría que analizarlas, trabajarlas, abordarlas y coordinarlas desde todos los frentes. Nadie está libre de culpa. O vamos todos a una o la vida se nos va a complicar mucho a todos antes o después. Como Emilio Calatayud  ha demostrado en su juzgado, la coordinación entre los diferentes estamentos es la clave para rebajar los delitos, reparar daños y reinsertar. Pues hagamos llegar las iniciativas que están dando fruto a quien corresponda, para que este modo de actuar se pueda aplicar a todos los juzgados, pero también extrapolar a otros ámbitos, como por ejemplo a los centros educativos. Y estudiemos también si otras ideas como podría ser compatibilizar los horarios laborales de los padres con los de los hijos, promoviendo por ejemplo las jornadas continuas o medias jornadas, sirven para conseguir que la conciliación de la vida laboral y familiar, de la que tanto se habla, sea real y efectiva y no quede solo en bonitos propósitos.

Pues aprovechando que estamos en campaña electoral, en el tiempo de las promesas y los anuncios de cambios y mejoras, quizás deberíamos de leer bien la letra pequeña de los distintos programas electorales y por el bien de nuestros hijos, ver quien o quienes están dispuestos a invertir más en educación. Reparando y subsanando, lo primero de todo, los experimentos que las distintas Comunidades Autónomas vienen realizando en materia de educación. Porque tal y como comentó el juez de menores de Granada el sistema educativo debe de ser un proyecto único, estable, no sometido a los vaivenes políticos. Coincido con él que fue un error transferir los temas educativos a las Comunidades Autónomas. Pidamos también más medios humanos, materiales y técnicos para formar equipos de profesionales que desde todos los ámbitos puedan orientar y ayudar a los padres en la tarea más complicada de todas, educar.


~ Delfina Marco ~

jueves, 26 de abril de 2007

Leila

1º Accésit en el XII Certamen Literario “8 de marzo”.
Ayuntamiento de Molina de Segura.


LEILA

Gritaba tan fuerte como podía. Giraba mi torso a derecha e izquierda tratando desesperadamente de liberar mis brazos, intentando incorporarme una y otra vez para escapar de aquellas cuatro mujeres que sujetaban mis piernas y hombros como si la vida se les fuera en ello. Aterrorizada busqué los ojos de mi madre. Mi abuela no dejaba de repetirme que tenía que ser valiente, que a partir de ahora estaría limpia.
Cuando el hombre que portaba unas inmensas tijeras en sus manos se aproximó hacia mí, conseguí morder la mano de una de las mujeres. Pero ni se inmutó. Sentí unos dedos explorando y pellizcando la zona más íntima de mi cuerpo. Cuando las tijeras descendieron rozando e hiriendo mis muslos y mi abuela exclamó que aquello sólo se hacía una vez en la vida, mi madre abandonó la estancia. Un dolor imposible de explicar me invadió entera. Cuando todo parecía haber terminado, unas ágiles y expertas manos comenzaron a coser la zona mutilada. Los fornidos brazos de mi abuela portaron el dolorido cuerpo de una niña, que acababa de cumplir cinco años, hasta una cama de inmaculadas sábanas. Todas las mujeres, incluida mi madre, me besaron en la frente. El rito de purificación había finalizado. Encogida bajo las sábanas, empapada en sudor, sollozaba, gemía y suspiraba cuando sentí una inconfundible voz que pronunciaba mi nombre a la vez que se atrevía a zarandearme.
- ¡Despierta, Susana! ¿Pero qué estabas soñando? Tus gritos se oían desde la terraza - exclamaba muy desconcertada mi hermana Inés, liberándome de las sábanas que se habían adherido a mi cuerpo a la vez que yo remangaba mi vestido para asegurarme de que aquello sólo había sido una espantosa pesadilla.
- ¡Sólo ha sido un sueño, un terrible sueño! – acerté a pronunciar todavía entre sollozos abrazando a mi perpleja hermana, que decidió perseguirme por toda la casa preguntando una y otra vez qué había soñado. Consideré que ella no tenía edad suficiente para descubrir en qué consistía una ablación. Inventé que era perseguida y finalmente engullida por una inmensa serpiente azul. Ningún miembro de la familia mostró mayor interés por indagar en aquella hábil, acertada y piadosa mentira. Aunque Miguel, mi hermano mellizo, no pudo reprimir una estúpida sonrisilla. Seguro que se regodeó y disfrutó pensando que la mayor de sus tres hermanas ya había crecido lo suficiente como para seguir soñando con temas tan infantiles.
El viento, la lluvia y las palabras ininteligibles que pronunció la menor de mis hermanas a intervalos durante gran parte de la noche, me hicieron vivir aquellas horas interminables. Cuando por fin la luna se retiró a descansar me alegré de tener que salir de casa, a paso presuroso, para llegar puntual al instituto.
Mientras oía sin escuchar las explicaciones de Fernando, el profesor de Sociales, sobre la época islámica en España, bien podría haber escogido otro tema para el día de hoy, observaba con  destreza y diplomacia a una de mis amigas,  Leila. Una joven marroquí que  desde hacía dos años compartía espacios, medios, fatigas, penas y alegrías con treinta bulliciosos y activos proyectos de adultos. A la vez que Fernando trazaba en la pizarra un esquema y alzaba la voz para que los compañeros de la última fila abandonaran sus intenciones de iniciar una conversación, que nada tenía que ver con sus cuantiosas y bien documentadas explicaciones, Leila giró la cabeza y se enfrentó a mi mirada. Una mirada angustiosa y profunda que no podía dejar de preguntarse si aquella esbelta y vivaz chiquilla, que cubría su cabello con un pañuelo blanco, habría experimentado  aquel tormento. Seguro que mi hermano Miguel no hubiera dudado ni un instante en descargar a bocajarro la pregunta que martilleaba mis sentidos para serenar su conciencia. O quizás lo hubiera meditado un poco si es cierto eso que dicen, que de los errores se aprende. Tampoco hubiera dudado yo en abofetear su cara ante semejante despropósito. Con la misma determinación e intensidad como el día en que trató de arrebatar el velo de sus cabellos a Leila. Aquella imberbe y estúpida osadía le costó una charla con el director, un parte de disciplina, disculparse delante de todos los compañeros y dos fines de semana consecutivos arrestado en casa sin ordenador, consola y televisión.  Descubrió que bromear y humillar nada tienen que ver.
Pasé el resto del día desconcentrada y anonadada. Ni siquiera las carantoñas y los abrazos de mi hermanita, que no podía comprender mi ausencia de cariño y atención,  lograron abstraerme de mis pensamientos. Si en aquel momento me hubieran advertido que lo peor estaba por llegar, mi llanto y pesar no hubieran encontrado consuelo.
Leila, por enfermedad, faltó dos días a clase. Cuando nos informó de los motivos por los que iba a ausentarse durante un mes del instituto me dio un vuelco el corazón. El primogénito de la familia contraería matrimonio en su ciudad natal, Rabat. A la vez celebrarían con una ceremonia tradicional el quinto cumpleaños de Fadwa, la menor de las primas de Leila, a la que casi todas las tardes acompañábamos a recoger del colegio.
Aguanté como pude el resto de la jornada. Cuando sonó la sirena indicando el final de las clases, más que salir corriendo hacia casa bien podría decirse que escapé. Huí de Leila y de todas las demás. 
Llegué a casa pálida. Con un fortísimo dolor de cabeza y malestar general. Sentía náuseas. Apenas pude comer. Sin demasiado tacto y comprensión evité a mis hermanas, que parecían tener un sexto sentido, un instinto nato para requerir mis mimos y atenciones en los momentos mas inoportunos, cuando menos predispuesta estaba yo. Busqué a mi madre angustiada y ella las obligó a que se apartaran de mi lado. Me tumbé en mi cama y cuando casi estaba a punto de quedarme dormida el descarado de mi hermano se plantó ante mí.
- Estás muy rara. Algo te pasa. ¿Me lo vas a contar? Igual puedo ayudarte ¿te has enfadado con tu
amiga Leila? - preguntaba aquel muchacho sin darme tiempo ni tregua para  reaccionar.
- ¡Cállate! ¿Qué sabes tú? Sal de mi habitación.
- A lo mejor se más de lo que tú te crees. ¿Qué soñaste la otra tarde?
Como si un resorte o tecla hubiera estallado dentro de mí, me incorporé de inmediato sentándome en el borde de la cama. Qué insegura, desconcertada y sorprendida me sentía por el repentino interés de mi hermano hacia mi estado y persona. Dudé  si hablar o callar. Opté por lo primero. Por arriesgarme. Por desahogarme.
- Si supieras que a una niña le van a hacer mucho daño. Algo que le afectará y no olvidará
mientras viva,  ¿serías capaz de hacer cualquier cosa para protegerla?
- ¿Protegerla de quién o de qué? - preguntó Miguel analizando cada uno de mis gestos.
- La ayudarías, ¿sí o no?- dije alzando la voz irritada y dudando en proseguir con aquella   
conversación que acabaría por hacerme confesar lo que llevaba horas maquinando.
- ¡Pues claro que intentaría ayudarla! Pero tendré que saber si estamos hablando de lo mismo    
 - exclamó mi mellizo inspirando profundamente - Temes por Fadwa, verdad. ¿Crees que se lo  van a hacer? ¡No pongas esa cara! - dijo Miguel con cierto grado de indignación – Me puedo imaginar lo que soñaste. No debiste leer aquel reportaje. Te conozco bien. Eres muy sensible y tu imaginación no conoce límites. Acaso piensas que aprovecharán el viaje para realizarle a la pequeña un rito de  purificación.
Sentí que me estaba volviendo loca, que perdía las riendas, el norte y el sur. Me preguntaba cómo había podido Miguel intuir todo aquello. 
De repente estaba compartiendo mis temores, miedos y obsesiones con un completo desconocido. Aquella situación me resultaba muy extraña. Me desbordaba.
- Toma. Coge el teléfono. Llama a Leila. Queda con ella y aclara todo esto de una vez.
Cuando me puse en pie y estiré el brazo para recoger el móvil de manos de mi hermano, un intenso e inesperado dolor, como una profunda punzada, atravesó mi vientre. Me hizo inclinarme hacia delante perdiendo la estabilidad y el equilibrio. Lo último que recuerdo es que Miguel se abalanzó hacía mí para evitar que al caer me golpeara contra el suelo.
Cuando abrí los ojos una enfermera con mascarilla, guantes y gorro me sonreía.
- ¿Cómo te sientes? - preguntó -. Dentro de un rato podrás ver a tus padres. Y enseguida te subiremos a planta.
- ¿Dónde estoy? ¿Qué me han hecho?
- Ingresaste por urgencias. Hemos tenido que intervenirte de apendicitis. Todo ha salido  
bien. Pero te siento un poco desorientada y demasiado asustada. Relájate. A veces
 la   anestesia puede provocar extraños sueños y alucinaciones. Por cierto – puntualizó 
 la enfermera mostrando quizás excesivo interés ante mi reacción - ¿Recuerdas
 haber  soñado algo en concreto? - quiso averiguar  mientras inyectaba
 algo en el gotero y cubría mis pies con la sábana.
- He soñado que mi hermano y yo secuestrábamos a una niña. A la prima de una compañera de clase  para evitar que  mutilaran sus órganos sexuales.-  Acerté a decir con gran convicción  y resolución dado mi estado de semiinconsciencia.
- ¡Una ablación! - Exclamó la enfermera con gesto demasiado serio  tratando de disimular la
 inquietud que se apoderó de su rostro tras pronunciar aquella palabra .- Solo se trataba de un
 sueño. Descansa. Voy a buscar a tus padres y  hermano. Están  preocupados desando verte. ¿Quieres verlos?
- Sí, por favor.- contesté cerrando los ojos.
Cuando Miguel se inclinó para besar mi frente, me abracé a su cuello tan fuerte como pude y le pregunté si Leila se había marchado a su país de vacaciones porque su hermano se casaba. Miguel me miró sorprendido y estalló en una espectacular y sonora carcajada.
- Pero, ¿qué dices? ¿De dónde te has sacado que Leila tenga un hermano? Hermanita, estas alucinando. ¡Menudo chute te han debido de meter!
Mis padres se miraron extrañados sin comprender tan inusual reacción de cariño, por mi parte, hacia Miguel. También les contrarió mi interés acerca del paradero de Leila.
La enfermera, que había estado muy atenta a nuestro reencuentro tras la intervención,  los cogió por el brazo y los apartó de la camilla a la vez que un celador me introducía de nuevo en la aséptica sala de recuperación.
Un intenso sosiego y bienestar me inundó por completo. Sentí una gran serenidad y el pleno convencimiento de que algo tan cruel y salvaje jamás podría acontecer en un  país como el nuestro. No había dudas. Aquella rocambolesca historia e irracional desazón eran fruto de la anestesia. Un fluido que todavía circulaba por mis venas produciéndome, a intervalos, un incontenible sopor e inmensa paz interior.
Cuando volví a abrir los ojos, la enfermera había regresado a mi lado. No estaba sola. El cirujano que hacía unas horas me había extirpado un trozo de intestino pretendía explorar la herida.
Cuando la enfermera colocó de nuevo la sábana sobre mi vientre, muy serio y decidido me preguntó.
- ¿Conoces a alguien a quien podrían someter a una ablación? - La semana pasada - continuó el doctor - estuvimos a punto de perder a una niña que llegó a urgencias desangrada.
Sentí que todo mi cuerpo comenzaba a temblar. Un sudor áspero y frío me cubrió. En sólo unos segundos mi ritmo cardiaco se aceleró. Casi no podía respirar. Rompí a llorar. El pánico se apoderó de mí y todo mi cuerpo gritó desesperadamente: ¡MAMÁ!   

~ Delfina Marco ~

domingo, 17 de diciembre de 2006

Cambiar el canon

Publicado en “El País Semanal”



“Cambiar el canon”

La anorexia y la bulimia son trastornos mentales con graves complicaciones médicas que muy a menudo son disimulados y escondidos por la familia. Se puede vencer la bulimia y la anorexia pero, a largo plazo. Las recaídas y los ingresos hospitalarios son muy frecuentes. Y a pesar de un tratamiento adecuado, cierto número de enfermas/os se cronifican.
Hasta la fecha, no hay una técnica terapéutica única y suficiente eficaz para todos los pacientes. Tampoco existe un profesional que posea todos los recursos y energías para satisfacer todas las necesidades de estas enfermas/os. Hay escasez de unidades hospitalarias especializadas. Hay que mejorar el tratamiento ambulatorio. Los profesionales (psicólogos, psiquiatras, pedagogos, nutricionistas, médicos, trabajadores sociales) que abordan el caso deben estar coordinados.
El papel de la familia es fundamental en el proceso de recuperación. Los padres necesitan mucha ayuda para superar el miedo a la muerte de sus hijos, a las posibles secuelas de la enfermedad, a la creencia de haber sido malos padres.
Si queremos prevenir y rescatar a cientos de jóvenes de este calvario, es urgente plantearse muy seriamente cambiar el canon de belleza creado por nuestra sociedad. No fomentar la crítica, trabajar la aceptación del cuerpo y la autoestima desde muy pequeños. Adaner, la asociación de afectados y familiares de enfermos de anorexia y bulimia, te puede ayudar. www.adaner.org

~ Delfina Marco ~

jueves, 27 de abril de 2006

La Visita

3º Premio en el XI Certamen Literario “8 de marzo”
Ayuntamiento de Molina de Segura.


LA VISITA

Cuando atravesé la puerta principal, me propuse no derramar ni una sola lágrima ante ella. Tampoco la sometería a un interrogatorio, ni me lanzaría a su cama para besarla y abrazarla. Sólo deseaba verla. Acompañarla unos minutos. Una de sus miradas sería suficiente para saber si saldría o no de aquello. No acertaba a comprender lo que había hecho mi hermana. No pretendía juzgar su decisión  pero cuanto más pensaba en ello menos motivos, razones y porqués hallaba. Lo único que tenía sentido en aquellos momentos era que afortunadamente todavía permanecía entre nosotros. Un solo pensamiento se había hecho fuerte dentro de mí y me impedía relajarme. Si lo había intentado una vez, acaso ¿no recurriría a otros medios hasta conseguir su objetivo?
Me hubiera gustado entrar sola en el ascensor. Compartir un espacio tan limitado y escasamente iluminado con una docena de desconocidos aumentaba mi ansiedad hasta límites insospechados. Cuando por fin la puerta se abrió, respiré profundamente. Pero en vez de experimentar calma y sosiego, me sentí mucho peor. Aunque habían tratado, con gran acierto, de embellecer y humanizar aquel edificio, seguía siendo un enjambre de salas y pasillos donde la vida y la muerte se daban cita todos los días del año.
Al enfilar el pasillo que me conduciría a la estancia donde mi hermana se reponía de sus lesiones, sentí ganas de cancelar mi visita. Una gran contradicción e incertidumbre se adueñaron de mi estado de ánimo. Mis piernas se volvieron débiles, temblorosas. Mis enrojecidos ojos volvieron a humedecerse. Un dolor intenso se apoderó primero de mi estómago, después, de todo mi ser. Cuando mis pies habían recibido la orden de dar marcha atrás, la puerta se abrió y una enfermera me invitó a entrar.
- ¡Si desea verla, ahora es un buen momento! Pero no se exceda. Por ahora es mejor que no reciba demasiadas visitas. Acabo de inyectarle la medicación. Necesita descansar, ¡dormir le hará mucho bien!
Sosteniendo con mucha gracia y sensualidad una bandeja metálica y esbozando una estudiada sonrisa, la joven enfermera se introdujo en la habitación contigua. Ahora más que nunca yo debía ser fuerte, fría y racional. Cerré fuertemente las manos clavando las uñas en mis palmas. Respiré profunda y pausadamente, y con el escaso valor que pude reunir en unos segundos penetré en la habitación donde reposaba Mercedes.
La persona con la que compartí durante nueve meses el útero materno y los mejores veinte años de mi vida, giró su cara hacia la ventana para eludir mi presencia. Me desprendí del abrigo y del bolso. Dediqué los primeros minutos de mi visita a observar la estancia. Intenté acomodarme, tanto como me fue posible, en el sillón más próximo a su cama y, sencillamente, esperé.
A pesar de su palidez, sus largos cabellos alborotados, su extrema delgadez y aquel camisón que en nada le favorecía,  mi alma gemela  tenía mucho mejor aspecto del que yo esperaba encontrar. Hallarme ante ella no resultó tan impactante y traumático como llegué a temer cuando recibí la noticia a través de mi móvil.  Al cabo de un rato, sin girar su cabeza, Mercedes decidió acabar con aquel incómodo y absurdo silencio.
- No quiero ver a nadie, ¡vete, por favor!  Deseo estar sola.
- Me iré en cuanto te duermas. Y no tardarás mucho porque te han administrado un sedante.
- ¡Haz lo que quieras!  Es lo que acabas haciendo siempre.
Aunque  mi hermana evitó astutamente cruzar su mirada con la mía en todo momento, unas voces demasiado subidas de tono que provenían del pasillo y amenazaban con invadir, en breve, nuestro espacio la hicieron replegar sus defensas y se enfrentó por fin a mi mirada. Una profunda y desoladora tristeza se había adueñado de aquellos  preciosos ojos verdes que tan bien yo conocía. 
- ¿Qué sucede ahí fuera?- preguntó Mercedes desconcertada, - ¿Pero qué gritos son ésos? - exclamó asustada.
- Si quieres, voy a ver qué pasa.
- ¡Sí, por favor! - me suplicó mientras la tristeza de sus ojos se tornaba en pánico como si presintiera lo que estaba a punto de acontecer.
Me alcé del sillón tan rápido como me fue posible y al abrir la puerta descubrí la causa de semejante alboroto. Se trataba de nuestra madre que a escasos metros de nuestra habitación gritaba a todo el mundo como sí el mismísimo Lucifer se hubiera adueñado de todo su ser. El personal médico y sanitario que la acompañaban no sabía ya qué hacer para obligarla a deponer aquella insólita reacción.
La sensatez, la paciencia y la comprensión nunca habían figurado entre sus virtudes. Nuestra madre siempre se mantuvo distante y alejada de nosotras. Jamás se involucró lo suficiente en su faceta de madre y esposa. No supo ni pretendió nunca conciliar su vida familiar y laboral. Eligió sus negocios, sus viajes, sus amistades. Antepuso la fama y el dinero a su prole. Fueron nuestra abuela materna y nuestro padre, junto a un número indeterminado de canguros y asistentas, quienes nos alimentaron, asearon, educaron, escucharon, consolaron y mimaron. Lo más duro que yo creía que mi hermana y yo habíamos tenido que afrontar, hasta este momento, fue la pérdida de aquellas dos personas.
- ¡Es mamá!-, acerté a decir - ¡Viene hacía aquí muy alterada!
- ¡No dejes que entre aquí! ¡No quiero verla ahora! ¡Haz que se vaya, por favor! - me suplicó Mercedes agarrando mis manos con la fuerza de una niña pequeña y asustada.
No pude impedir la entrada a nuestra madre ni que mi hermana comenzara a temblar y a llorar desconsoladamente. La estreché contra mi pecho, aparte sus cabellos y besé sus mejillas. Un sudor frío cubrió todo su cuerpo. Temí que acabara desmayándose entre mis brazos. Mientras, nuestra madre hacia caso omiso a las indicaciones del médico que la acompañaba. Continuaba gritando y maldiciendo. El joven doctor que había perdido el control de la situación ordenó  al personal auxiliar que avisara a seguridad. 
- ¡Siempre igual, yo la última en enterarme!... pero ¿es que te has vuelto loca?  - le increpó mamá a Mercedes - Lo que has hecho es una estupidez. Acabo de hablar con tu marido. Hasta dentro de unas horas no podrá volar hacía aquí. Calculo que llegará a media noche. ¡Pobrecillo no podía ni hablar cuando le he contado lo sucedido! ¿Qué pretendes?-, preguntó con los ojos llenos de ira y desprecio- ¿Destrozarnos a todos la vida?
Aunque el médico y yo, olvidando los buenos modales, tratábamos de sacar de allí a una señora que nos doblaba la edad  era tanta su rabia e indignación que su fuerza física nos desbordó  y  a punto estuvimos los tres de acabar por los suelos. Insistíamos en que se callara, una y otra vez. Declinó finalmente su insensata e intolerable actitud cuando vio incorporarse a su hija de la cama, arrancarse los sueros e intentar saltar por la ventana. Aquella inesperada reacción nos cogió a todos por sorpresa, excepto a una corpulenta enfermera que se abalanzó hacia ella con tanto ímpetu y coraje que ambas cayeron al suelo. Mercedes perdió el conocimiento tras golpearse la frente contra el cabezal metálico de la cama.
- ¡Todo el mundo fuera de aquí! - gritó perdiendo toda compostura el médico.
 Abrí la puerta y corrí atolondradamente pasillo adelante, sin rumbo fijo, hasta que unos brazos pararon mi huida. Rompí a llorar tan desconsoladamente como no lo hacía desde años atrás, durante el entierro de mi padre.
Fernando, mi marido, me hizo entrar en el ascensor. Aunque yo no sentía ninguna necesidad física  el me ánimo a tomar unas galletas, una píldora y una infusión en la cafetería del hospital. Después escuchó muy atento sin soltar mi mano ni dejar de mirarme a los ojos la narración de todo lo acontecido. Cuando nos disponíamos a abandonar aquel lugar, una enfermera pronunció en voz alta varias veces mi nombre. En silencio nos condujo por un laberinto de pasillos al despacho del médico que llevaba el caso de Mercedes.
 El joven doctor, ya repuesto de aquel desagradable incidente, se mostró con nosotros sincero, objetivo y contundente.
- El estado de su hermana es muy preocupante. Quisiera equivocarme pero me temo que Mercedes está recibiendo algún tipo de maltrato y ha llegado al límite. Si no actuamos rápido, conseguirá lo que se ha propuesto: acabar con su vida. Es la tercera vez que su hermana visita este hospital-, señaló el doctor sin dejar de observarnos- Por sus caras deduzco que no saben de qué les hablo.
- ¿La tercera vez? ¿Pero que está usted diciendo? -balbucee confusa y contrariada.
- La primera vez que tuve la suerte o la desgracia de hacerme cargo de este caso aplicamos a mi paciente diez puntos de sutura en uno de sus brazos.
- ¡Pero aquello fue un accidente!-, exclamé indignada-, al romperse la ventana se le clavó un cristal. Fue mi cuñado, su esposo, quien la llevó al hospital.
- ¿Está usted completamente segura de que no fue un intento se suicidio? dijo el doctor mostrándonos el historial de su paciente.
- ¿Y la segunda… que insinúa usted que sucedió? pregunté abatida y desconcertada.
- Le realizamos un lavado de estómago. Y créame su hermana sabía muy bien lo que había ingerido y con qué propósito. ¡No se equivocó se lo aseguro!.
El miedo venció al pudor y a la vergüenza y rompí a llorar como una niña mientras Fernando me susurraba al oído tratando de calmarme. ¡No puede ser! repetía mentalmente una  y otra vez. Cómo había podido estar tan ciega. Decenas de confusos pensamientos y extrañas sensaciones surcaban mi cerebro. Me sentía tan culpable, tan estúpida. Mientras yo me sumergía más y más en aquel delirio en aquella batalla interna, el médico y Fernando continuaban hablando. Interrumpí su conversación preguntando si podía ver a mi hermana. El doctor negó con la cabeza.
Cuando salimos del despacho fuimos conducidos a una amplia e iluminada sala de espera. Yo permanecía de pie mirando al exterior a través de un gran ventanal. Fernando  sentado en un cómodo sillón sacó el móvil de su americana y efectúo varias llamadas.
Perdí la noción del tiempo. Imaginé que aquello no estaba sucediendo. Sólo se trataba de un estúpido sueño, una horrenda pesadilla fruto de mi inagotable imaginación. Mi marido pronunció mi nombre varias veces. No tuve más remedio que abandonar mi viaje y regresar a la realidad.
- Tenemos que sacar a tu hermana de aquí antes de que llegue Julio, ¡mírame!, ¿me estás escuchando?.
A mí siempre me inculcaron que hay que hacer frente a los problemas. Negarlos, esconderlos o tratar de huir era de cobardes. Pero Fernando cuya capacidad de análisis y decisión en los momentos difíciles siempre me había fascinado acertaba de lleno con aquella decisión. Si Mercedes era víctima de malos tratos no podríamos enfrentarnos a mi cuñado, a uno de los mejores psiquiatras del país, cuya fama y prestigio se extendían fuera de nuestras fronteras.
Custodiados por el médico la enfermera y dos compañeros de mi marido,  que vestían de paisano portando sus armas reglamentarias y una cámara de vídeo, penetramos como bandidos en la habitación de Mercedes. Cuando nos confirmo lo que ninguno de nosotros hubiera querido escuchar nos preparamos para abandonar el hospital.
- ¡Vamos a sacarte ahora mismo de aquí! dijo Fernando
- ¿Y a donde iremos? preguntó Mercedes mientras cerraba los ojos para no contemplar como la enfermera que le había salvado la vida dos horas antes extraía de su vena una larga y delgada aguja.
- ¡Al fin del mundo si es preciso! ¡Donde él jamás te encuentre! Vas a tener que renunciar a todo para conservar lo más preciado… la vida.  


~ Delfina Marco ~