Mi hija me animó a leer la novela de la escritora inglesa Emily Bronte. A raíz de la última adaptación al cine de Emerald Fennell parece que vuelve a hablarse de esta famosa historia de amor presentada como una tragedia de amantes destinados al desastre.
No recuerdo si de jovencita debí ver alguna de las películas basadas en la novela. La historia no tiene nada de romanticismo, es interminablemente lúgubre, un entramado de posesividad, celos y obsesión enfermiza que envenena todo lo que toca. Un gran ejemplo de relaciones tóxicas.
La novela publicada en 1847 aborda temas como el amor no correspondido, destructivo. Nos habla de orgullos heridos, de traiciones, envidias, prejuicios y venganza. De maltrato físico y psicológico. Emily Bronte retrata de forma cruda el lado más oscuro y destructivo de la pasión humana.
Para ser un clásico de época resulta fácil de leer, es adictiva, aunque se me atragantó un poco. Luego reflexionas sobre la historia, la analizas más en profundidad. Y sorprende que una persona tan joven (la autora publicó la novela bajo pseudónimo, solo tenía veintinueve años, falleció un año después por tuberculosis) poseyera tal conocimiento de la vida y de los sentimientos humanos.
Emily Bronte fue capaz de romper con los estereotipos, creando personajes muy distintos y opuestos a los románticos de la época. Ellos presentados como galanes y héroes, y ellas sus amantes fieles. Más allá de la trama destaca su estructura, como la autora utiliza múltiples narradores que nos cuentan los sucesos desde sus propias perspectivas. También llama la atención el carácter fuerte y marcado de los personajes femeninos.

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