jueves, 26 de abril de 2007

Leila

1º Accésit en el XII Certamen Literario “8 de marzo”.
Ayuntamiento de Molina de Segura.


LEILA

Gritaba tan fuerte como podía. Giraba mi torso a derecha e izquierda tratando desesperadamente de liberar mis brazos, intentando incorporarme una y otra vez para escapar de aquellas cuatro mujeres que sujetaban mis piernas y hombros como si la vida se les fuera en ello. Aterrorizada busqué los ojos de mi madre. Mi abuela no dejaba de repetirme que tenía que ser valiente, que a partir de ahora estaría limpia.
Cuando el hombre que portaba unas inmensas tijeras en sus manos se aproximó hacia mí, conseguí morder la mano de una de las mujeres. Pero ni se inmutó. Sentí unos dedos explorando y pellizcando la zona más íntima de mi cuerpo. Cuando las tijeras descendieron rozando e hiriendo mis muslos y mi abuela exclamó que aquello sólo se hacía una vez en la vida, mi madre abandonó la estancia. Un dolor imposible de explicar me invadió entera. Cuando todo parecía haber terminado, unas ágiles y expertas manos comenzaron a coser la zona mutilada. Los fornidos brazos de mi abuela portaron el dolorido cuerpo de una niña, que acababa de cumplir cinco años, hasta una cama de inmaculadas sábanas. Todas las mujeres, incluida mi madre, me besaron en la frente. El rito de purificación había finalizado. Encogida bajo las sábanas, empapada en sudor, sollozaba, gemía y suspiraba cuando sentí una inconfundible voz que pronunciaba mi nombre a la vez que se atrevía a zarandearme.
- ¡Despierta, Susana! ¿Pero qué estabas soñando? Tus gritos se oían desde la terraza - exclamaba muy desconcertada mi hermana Inés, liberándome de las sábanas que se habían adherido a mi cuerpo a la vez que yo remangaba mi vestido para asegurarme de que aquello sólo había sido una espantosa pesadilla.
- ¡Sólo ha sido un sueño, un terrible sueño! – acerté a pronunciar todavía entre sollozos abrazando a mi perpleja hermana, que decidió perseguirme por toda la casa preguntando una y otra vez qué había soñado. Consideré que ella no tenía edad suficiente para descubrir en qué consistía una ablación. Inventé que era perseguida y finalmente engullida por una inmensa serpiente azul. Ningún miembro de la familia mostró mayor interés por indagar en aquella hábil, acertada y piadosa mentira. Aunque Miguel, mi hermano mellizo, no pudo reprimir una estúpida sonrisilla. Seguro que se regodeó y disfrutó pensando que la mayor de sus tres hermanas ya había crecido lo suficiente como para seguir soñando con temas tan infantiles.
El viento, la lluvia y las palabras ininteligibles que pronunció la menor de mis hermanas a intervalos durante gran parte de la noche, me hicieron vivir aquellas horas interminables. Cuando por fin la luna se retiró a descansar me alegré de tener que salir de casa, a paso presuroso, para llegar puntual al instituto.
Mientras oía sin escuchar las explicaciones de Fernando, el profesor de Sociales, sobre la época islámica en España, bien podría haber escogido otro tema para el día de hoy, observaba con  destreza y diplomacia a una de mis amigas,  Leila. Una joven marroquí que  desde hacía dos años compartía espacios, medios, fatigas, penas y alegrías con treinta bulliciosos y activos proyectos de adultos. A la vez que Fernando trazaba en la pizarra un esquema y alzaba la voz para que los compañeros de la última fila abandonaran sus intenciones de iniciar una conversación, que nada tenía que ver con sus cuantiosas y bien documentadas explicaciones, Leila giró la cabeza y se enfrentó a mi mirada. Una mirada angustiosa y profunda que no podía dejar de preguntarse si aquella esbelta y vivaz chiquilla, que cubría su cabello con un pañuelo blanco, habría experimentado  aquel tormento. Seguro que mi hermano Miguel no hubiera dudado ni un instante en descargar a bocajarro la pregunta que martilleaba mis sentidos para serenar su conciencia. O quizás lo hubiera meditado un poco si es cierto eso que dicen, que de los errores se aprende. Tampoco hubiera dudado yo en abofetear su cara ante semejante despropósito. Con la misma determinación e intensidad como el día en que trató de arrebatar el velo de sus cabellos a Leila. Aquella imberbe y estúpida osadía le costó una charla con el director, un parte de disciplina, disculparse delante de todos los compañeros y dos fines de semana consecutivos arrestado en casa sin ordenador, consola y televisión.  Descubrió que bromear y humillar nada tienen que ver.
Pasé el resto del día desconcentrada y anonadada. Ni siquiera las carantoñas y los abrazos de mi hermanita, que no podía comprender mi ausencia de cariño y atención,  lograron abstraerme de mis pensamientos. Si en aquel momento me hubieran advertido que lo peor estaba por llegar, mi llanto y pesar no hubieran encontrado consuelo.
Leila, por enfermedad, faltó dos días a clase. Cuando nos informó de los motivos por los que iba a ausentarse durante un mes del instituto me dio un vuelco el corazón. El primogénito de la familia contraería matrimonio en su ciudad natal, Rabat. A la vez celebrarían con una ceremonia tradicional el quinto cumpleaños de Fadwa, la menor de las primas de Leila, a la que casi todas las tardes acompañábamos a recoger del colegio.
Aguanté como pude el resto de la jornada. Cuando sonó la sirena indicando el final de las clases, más que salir corriendo hacia casa bien podría decirse que escapé. Huí de Leila y de todas las demás. 
Llegué a casa pálida. Con un fortísimo dolor de cabeza y malestar general. Sentía náuseas. Apenas pude comer. Sin demasiado tacto y comprensión evité a mis hermanas, que parecían tener un sexto sentido, un instinto nato para requerir mis mimos y atenciones en los momentos mas inoportunos, cuando menos predispuesta estaba yo. Busqué a mi madre angustiada y ella las obligó a que se apartaran de mi lado. Me tumbé en mi cama y cuando casi estaba a punto de quedarme dormida el descarado de mi hermano se plantó ante mí.
- Estás muy rara. Algo te pasa. ¿Me lo vas a contar? Igual puedo ayudarte ¿te has enfadado con tu
amiga Leila? - preguntaba aquel muchacho sin darme tiempo ni tregua para  reaccionar.
- ¡Cállate! ¿Qué sabes tú? Sal de mi habitación.
- A lo mejor se más de lo que tú te crees. ¿Qué soñaste la otra tarde?
Como si un resorte o tecla hubiera estallado dentro de mí, me incorporé de inmediato sentándome en el borde de la cama. Qué insegura, desconcertada y sorprendida me sentía por el repentino interés de mi hermano hacia mi estado y persona. Dudé  si hablar o callar. Opté por lo primero. Por arriesgarme. Por desahogarme.
- Si supieras que a una niña le van a hacer mucho daño. Algo que le afectará y no olvidará
mientras viva,  ¿serías capaz de hacer cualquier cosa para protegerla?
- ¿Protegerla de quién o de qué? - preguntó Miguel analizando cada uno de mis gestos.
- La ayudarías, ¿sí o no?- dije alzando la voz irritada y dudando en proseguir con aquella   
conversación que acabaría por hacerme confesar lo que llevaba horas maquinando.
- ¡Pues claro que intentaría ayudarla! Pero tendré que saber si estamos hablando de lo mismo    
 - exclamó mi mellizo inspirando profundamente - Temes por Fadwa, verdad. ¿Crees que se lo  van a hacer? ¡No pongas esa cara! - dijo Miguel con cierto grado de indignación – Me puedo imaginar lo que soñaste. No debiste leer aquel reportaje. Te conozco bien. Eres muy sensible y tu imaginación no conoce límites. Acaso piensas que aprovecharán el viaje para realizarle a la pequeña un rito de  purificación.
Sentí que me estaba volviendo loca, que perdía las riendas, el norte y el sur. Me preguntaba cómo había podido Miguel intuir todo aquello. 
De repente estaba compartiendo mis temores, miedos y obsesiones con un completo desconocido. Aquella situación me resultaba muy extraña. Me desbordaba.
- Toma. Coge el teléfono. Llama a Leila. Queda con ella y aclara todo esto de una vez.
Cuando me puse en pie y estiré el brazo para recoger el móvil de manos de mi hermano, un intenso e inesperado dolor, como una profunda punzada, atravesó mi vientre. Me hizo inclinarme hacia delante perdiendo la estabilidad y el equilibrio. Lo último que recuerdo es que Miguel se abalanzó hacía mí para evitar que al caer me golpeara contra el suelo.
Cuando abrí los ojos una enfermera con mascarilla, guantes y gorro me sonreía.
- ¿Cómo te sientes? - preguntó -. Dentro de un rato podrás ver a tus padres. Y enseguida te subiremos a planta.
- ¿Dónde estoy? ¿Qué me han hecho?
- Ingresaste por urgencias. Hemos tenido que intervenirte de apendicitis. Todo ha salido  
bien. Pero te siento un poco desorientada y demasiado asustada. Relájate. A veces
 la   anestesia puede provocar extraños sueños y alucinaciones. Por cierto – puntualizó 
 la enfermera mostrando quizás excesivo interés ante mi reacción - ¿Recuerdas
 haber  soñado algo en concreto? - quiso averiguar  mientras inyectaba
 algo en el gotero y cubría mis pies con la sábana.
- He soñado que mi hermano y yo secuestrábamos a una niña. A la prima de una compañera de clase  para evitar que  mutilaran sus órganos sexuales.-  Acerté a decir con gran convicción  y resolución dado mi estado de semiinconsciencia.
- ¡Una ablación! - Exclamó la enfermera con gesto demasiado serio  tratando de disimular la
 inquietud que se apoderó de su rostro tras pronunciar aquella palabra .- Solo se trataba de un
 sueño. Descansa. Voy a buscar a tus padres y  hermano. Están  preocupados desando verte. ¿Quieres verlos?
- Sí, por favor.- contesté cerrando los ojos.
Cuando Miguel se inclinó para besar mi frente, me abracé a su cuello tan fuerte como pude y le pregunté si Leila se había marchado a su país de vacaciones porque su hermano se casaba. Miguel me miró sorprendido y estalló en una espectacular y sonora carcajada.
- Pero, ¿qué dices? ¿De dónde te has sacado que Leila tenga un hermano? Hermanita, estas alucinando. ¡Menudo chute te han debido de meter!
Mis padres se miraron extrañados sin comprender tan inusual reacción de cariño, por mi parte, hacia Miguel. También les contrarió mi interés acerca del paradero de Leila.
La enfermera, que había estado muy atenta a nuestro reencuentro tras la intervención,  los cogió por el brazo y los apartó de la camilla a la vez que un celador me introducía de nuevo en la aséptica sala de recuperación.
Un intenso sosiego y bienestar me inundó por completo. Sentí una gran serenidad y el pleno convencimiento de que algo tan cruel y salvaje jamás podría acontecer en un  país como el nuestro. No había dudas. Aquella rocambolesca historia e irracional desazón eran fruto de la anestesia. Un fluido que todavía circulaba por mis venas produciéndome, a intervalos, un incontenible sopor e inmensa paz interior.
Cuando volví a abrir los ojos, la enfermera había regresado a mi lado. No estaba sola. El cirujano que hacía unas horas me había extirpado un trozo de intestino pretendía explorar la herida.
Cuando la enfermera colocó de nuevo la sábana sobre mi vientre, muy serio y decidido me preguntó.
- ¿Conoces a alguien a quien podrían someter a una ablación? - La semana pasada - continuó el doctor - estuvimos a punto de perder a una niña que llegó a urgencias desangrada.
Sentí que todo mi cuerpo comenzaba a temblar. Un sudor áspero y frío me cubrió. En sólo unos segundos mi ritmo cardiaco se aceleró. Casi no podía respirar. Rompí a llorar. El pánico se apoderó de mí y todo mi cuerpo gritó desesperadamente: ¡MAMÁ!   

~ Delfina Marco ~

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